Virgen del Valle de Catamarca

Virgen del Valle  de Catamarca  
Catamarca, Argentina

Provincia de Catamarca, al Noroeste de la Argentina. Entre los años de 1619 y 1620 fue hallada una pequeña imagen de la Virgen en una gruta oculta en el monte agreste. El misterio rodeó por siglos la existencia de esa imagen, que era venerada en secreto por los nativos del lugar. ¿Como llegó alli? Nunca se supo.

Este descubrimiento, al impulso de los milagros sorprendentes que se produjeron a partir de la veneración a la Madre del Verbo, suscitó el desarrollo de una advocación que perdura a través de los siglos. Hoy en día, Nuestra Señora del Valle de Catamarca configura un foco de atención de la fe del pueblo Argentino, que junto a la Virgencita de Luján y la Virgen de Itatí, hacen un conjunto que envuelve y enriquece la tradición Mariana de este pueblo.

La Argentina fue fundada desde el norte hacia el sur (partiendo desde el alto Perú), y es por eso que Catamarca fue una zona rica en tradición hispánica desde temprana época. La difícil convivencia del español con los naturales del lugar (Calchaquíes fundamentalmente) hizo que nuestra Madre Celestial decidiera tender un puente entre los pueblos, como lo hizo en Guadalupe y en tantos otros lugares de América.

Dios siempre pone en el camino de los hombres a Su Madre, para que sea Ella la que guíe a sus rebeldes hijos. Y es desde Ella que nacen las más profundas expresiones de amor a Jesús, de devoción popular que dura por siglos y siglos ¡Ese es el mayor signo que caracteriza su Presencia!

Ella fue Madre de las históricas comarcas de San Fernando del Valle de Catamarca, cuando comenzó a brillar sobre las mismas la feliz aurora del cristianismo, y más tarde en bello florecer de sus virtudes de las que hoy hace gala el noroeste de la Argentina. María fue Madre en su vida eclesial, desde el primer bautizado, desde el primer sacerdote nativo, e ilustres Obispos que por su actuación se destacaron valientemente en las páginas de la Historia Nacional.

Volviendo los ojos a nuestra amada Mamá, pocas veces se escribió sobre Ella algo tan bello y profundo como este texto que les proponemos, obra del Poeta Don Juan Oscar Ponferrada, que transcribimos de su libro “Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle”, publicado en 1941:

Con motivo de sus tradicionales “fiestas de diciembre” y las conmemorativas de la Coronación, que se viven por lo general en el mes de abril, de todos los ámbitos de la Patria acuden sus hijos y forman muchedumbre ante sus plantas de Reina y Madre siempre buscada.

Muchos llegan a su presencia; unos con el sabor amargo de sus lágrimas, otros con el pesado ropaje de sus dolores; pero todos animados con la esperanza de obtener su intercesión materna ante su Hijo Divino, para la solución de sus problemas.

Virgen del Valle -Catamarca-Como a Madre le traen la dificultad de sus trabajos y lágrimas, porque Ella sabe comprenderlas. Al pie de la Cruz, sufrió con ternura infinita, y sus lágrimas silenciosas ante la Divina Voluntad, unidas al dolor de su Jesús moribundo regeneran las nuestras, a menudo egoístas y por su calidad de humanas siempre débiles y disconformes.

Ella convierte el pesar y la angustia de sus hijos mediante la fuerza de la resignación cristiana, en piedras preciosas de valor sobrenatural. Como en el trabajoso caminar en nuestra vida hay tantas espinas camino a la meta, Ella enseña a recogerlas, aceptarlas y bendecirlas con valor y ánimo esperanzado.

Ante sus plantas maternales y benditas se depositan insistentemente, afanes y esperanzas, en la seguridad de que cristalizarán en luminosas realidades a la súplica de su intercesión que hace obrar milagros. Si para escribir su portentosa y larga historia, tuviéramos que usar como letras los corazones de los devotos que de Ella recibieron protección y socorro, tantos serían que de seguro saldría una interminable narración.

Como Madre de Dios y de los hombres, en sus múltiples advocaciones, pasea sus plantas por el universo entero prodigando bondades. Pero con singular gracia y exquisita fineza las prodigó y las prodiga en este Valle de Catamarca, y los frutos son de vida espiritual y material lozanos y prometedores.

La serie ininterrumpida de sus portentos va ornando de luz y de fe los siglos que transcurren, desde que quiso entrar y vivir en nuestro Valle con el título de Madre.


Cómo Se Encontró la Imagen

Lo que pasamos a narrar, luego de cuidadosa información documental, aconteció entre 1619 a 1620. Corrían las horas de un avanzado atardecer que caía apacible sobre las lomadas de Choya.

Un indio, de los jornalizados, al servicio del vizcaíno Don Manuel de Salazar, Comisario de los Nativos y Juez para los españoles, andaba por aquellos ásperos parajes, recogiendo alguna majada para llevarla de vuelta a los corrales, para librar a las cabras u ovejas del puma hambriento o de zorros que atacaban a las crías pequeñas.

Cuando en el silencio de la tarde, el indio percibe voces apagadas y un rumor de pisadas en la arena movediza y cálida de la estrecha quebrada que corría en la hondonada. El instinto de su raza lo impulsa y se oculta atisbando entre “tuscas” y punzantes “chaguares”. En verdad que era incómodo el improvisado escondite; pero no le importaba pues la posición satisfacía el de espiar sin ser descubierto.

Allí espera con paciencia hasta que ve aproximarse y luego pasar un reducido grupo de indiecitas. Caminaban recelosas como temiendo que alguien las sorprendiera. Iban conversando y el rumor bajo y cadencioso de sus voces, mitad kakan, mitad castellano se mezclaba con el susurro del viento. El indio no pudo comprender lo que decían pero algo muy importante las llevaba por aquellos lugares. A las últimas luces del día, vio que llevaban lamparillas listas para ser encendidas y algunas vistosas y fragantes flores de la montaña.

En aquellas horas le fue imposible ver más y tampoco quiso seguirlas; pero su espíritu se turbó. Sin saber porqué, con una gran curiosidad, no sabía explicarse lo qué sentía. Luego emprendió el regreso a los ranchos de Choya a donde fuera enviado por su señor desde el pueblo de Motimo (hoy San Isidro) lugar en que habitualmente residía el Administrador del Valle.

Al despuntar el alba del día siguiente, retornó a sus tareas y lo visto la tarde anterior volvió a preocuparlo por lo que regresó afanoso hacia aquellos parajes. Pronto dio con las huellas. Unas pocas, frescas; las más, ya de cierto tiempo. La pericia que caracterizaba a estos hombres en el arte de rastrear, le facilitó seguirlas sin desviarse un ápice. Mientras recorría el sendero, silencioso y tenaz en su empeño, iba comprendiendo que ese camino era muy transitado.

Contando desde el pueblo de Choya, habría caminado unos cinco kilómetros, remontó la quebrada como unas quince cuadras, cuando de pronto apareció, en una pendiente muy inclinada y a unos siete metros de altura, un nicho de piedra bastante disimulado entre garabatos y chaguares pero al que podía llegar con relativa facilidad. Hacía aquel lugar se dirigía el frecuentado sendero. Lleno de asombro continuó investigando y vio cómo, al pie del nicho y su pendiente, había ramas quebradas y hasta espacios bien talados donde evidentemente habían encendido fogatas e incluso bailado sus hermanos las tradicionales danzas tribales. Por otras cuidadosas observaciones vio rústicos asientos, restos de pequeños “fogones” y llegó a la conclusión de que la mayoría de sus hermanos choyanos acostumbraban reunirse en aquel lugar de modo un tanto secreto.

El Hallazgo

El indio se propuso entonces, ver qué significaba aquello. Su afán por descubrir el misterio le hizo trepar cautelosamente hasta el mismo nicho y a su entrada quedó como clavado por lo tan imprevisto y hermoso que veía.

Allá al fondo de la gruta se descubría una Imagen de la Santísima Virgen María, era pequeñita, pero muy linda, era como algunas que había visto en casas de los españoles. Esta era de rostro morenito y tenía las manos juntas. Lo atraía misteriosamente y allí se quedó contemplándola por mucho tiempo.

Cerca de la Imagen, se advertían muchas candilejas todas apagadas y algunas semiocultas por la abundante y fina arena que el viento iba juntando entre las piedras.

De esto, pasaron seguramente algunas semanas, quizá hasta meses, cuando el indio seguro ya de su descubrimiento, se determinó a dar cuenta del mismo, a su amo. Un día se le acercó y le narró todo.

El indio humilde y manso, afirmaba que no mentía, que había visto muy repetidas veces la pequeña imagen. Que allí estaba entre las piedras y era morenita como los indios y por eso también la querían.
La Gruta

La gruta en que fuera encontrada la Imagen de la Santísima Virgen María, por el indio cristiano al servicio de Don Manuel de Salazar, se encuentra en las primeras estribaciones de las serranías de las serranías del Ambato. Dista unos siete kilómetros de la Ciudad Capital de la Provincia de Catamarca, hacia el norte.
Actualmente, el histórico y venerado lugar donde nos consta que se encontró la Sagrada Imagen, está protegido por un templete al que se llega a través de una hermosa escalinata de piedra de la zona.

La gruta de la Virgen es un lugar muy visitado por devotos de la Virgen María, catamarqueños, turistas y peregrinos. En los días de “Las Fiestas de la Virgen” (diciembre y abril o mayo) y durante el año se ofician los Misterios divinos de la Santísima Eucaristía.

Salazar Lleva la Imagen a Su Casa

¿Cómo había ido a parar en aquellos lugares una imagen de la Virgen María? Ella, Reina de la Luz y de la Gloria, con su Imagen siempre hermosa y venerada en la tierra, ¿no sería causa de que los nativos volvieran a sus antiguas idolatrías? Por ello, decidió cerciorarse personalmente de la veracidad de aquel extraño relato, yendo al lugar descrito por el indio.

Se dirige con el nativo al lugar y nicho mencionados. Cuando los choyanos se enteraron que el Administrador del Valle venía en dirección a la gruta, entonces comenzaron a reunirse apresuradamente.

No sabía porqué, pero aquella Imagen, morena como sus rostros, pequeñita y humilde como sus vidas ignorantes y sencillas, parecía volverlos dichosos y fuertes en aquellos años de opresión y dura servidumbre. Ante Ella, los pesados afanes de la jornada se diluían en el sabor de una esperanza que no alcanzaban a comprender, por eso no permitirían que se la llevasen. No tenían armas y en caso de tenerlas, no hubieran sido capaces de utilizarlas ante aquel nicho lleno de luz para sus almas. Pero tenían sí, y sabrían manejar, la súplica de sus varones, las lágrimas de sus mujeres y hasta el rogar de los pequeños.

Y llegó Salazar hacia el anochecer con el fin de sorprenderlos en lo que él imaginaba, desenfreno y desorden. Nada de eso. Sí un silencio expectante y completo y verdadero recogimiento.

Al llegar el Administrador del Valle, trepa con el indio hasta la entrada de la gruta, y la encuentra tal cual su servidor se la había descrito. No cabía duda; era la Imagen de la Reina del Cielo, soberana en su advocación de la Pura y Limpia Concepción.
De inmediato dispone no dejar un momento más la Imagen en aquella agreste y desolada cueva. Y del modo más amable pero firme manifiesta a los presentes que la llevará consigo a sus “heredades” de Motimo. Los indios comienzan a expresar quedadamente su descontento y dicen a media voz: “Si es nuestra, nosotros la queremos. Ella nos cuida, siempre nos defiende”, Salazar insiste en su determinación lo que acentúa la resistencia de los indios, comienzan las lágrimas y los ruegos, pero el español se mantiene firme; y allí mismo, tomándola delicadamente en sus manos, la lleva reverente a su casa.

Con una pena muy honda en sus corazones, vieron los nativos pobladores de Choya, alejarse de su gruta aquella Imagen que hasta entonces (y no sabemos desde cuando) había constituido para ellos un imán misterioso, pues los atraía y los mantenía reunidos alegres y distraídos de sus duros afanes, sin la necesidad de la embriagadora chicha con todas sus terribles y destructoras consecuencias.

La vieron irse, llevada por el español, mas no se sintieron despojados de modo definitivo, por lo que se calmaron pronto. Es que Dios obra en las mentes y en los corazones de sus hijos siempre con infinita sabiduría y bondad. Así, en el silencio de sus mentes sencillas, les enseñó que aquella era una Imagen de la que es Madre de todos, que seguiría siendo Madre de ellos, aun, permaneciendo entre los españoles.

La Imagen Vuelve a la Gruta

Salazar, lleva la Imagen a su casa y le construye una humilde repisa donde la ubica, quedando a buen recaudo. Los miembros de la familia y sus allegados rivalizarían con Don Manuel en adornarla con hermosas flores, sin descuidar los cirios encendidos al caer de la tarde de los sábados, cuando reunidos todos rezarían devotos el Santo Rosario.

La Madre del Valle no desdeñaba el amor profundo y sincero del piadoso Salazar. Más no quería dejar de ser la protectora general de todo un Valle, y con el correr de los años de toda una extensa región.

¡Maravilloso! Según numerosas declaraciones aseguradas con juramentos de múltiples testigos, este deseo de la Madre del Cielo se puso de manifiesto con el primer hecho portentoso conocido en el Valle.

Salazar, al amanecer de un día de tantos, como acostumbraba hacerlo, antes de comenzar sus faenas, se llega a visitar a la“Madrecita Morena” que reinaba en su casa desde una repisa. Pero no la encuentra. Al preguntarle a su esposa, Beatriz, tampoco sabe cosa alguna. La noche anterior (asegura) estaba la imagen en su repisa y no sabía que hubiera entrado persona alguna a la casa.

Desconfiando del indio a su servicio, lo llama y un tanto apremiante lo interroga averiguándole acerca del paradero de la Imagen. Pero el indio asegura que él ignora totalmente de lo que se le pregunta. Pero dice claramente que él también la vio por la noche en la repisa. Por lo que a su vez pregunta con voz temblorosa y hasta desconsolada: “La Mamá Achachita … ¿no está?

A todo esto, ya entrada la mañana, el Administrador del Valle, dejándolo todo, sigue buscando la Imagen ya entre los amigos, ya entre vecinos más alejados. Olvida así, todas sus tareas administrativas, de gobierno y labranzas para buscar la Sagrada Imagen por todas partes.

¿Estaría de nuevo en su gruta? ¿Porqué no buscarla allí? ¿A lo mejor, algún indio audaz habría entrado de noche a su casa, llevándosela a pedido de los nativos pobladores de Choya?

Pero esto, era poco menos que imposible. Nadie, y menos un aborigen o nativo de la zona, podía entrar al poblado en ninguna hora del día o de la noche, sin ser reconocido y controlado severamente. La vigilancia era estricta y los procedimientos a veces muy duros.

Sin embargo, se dirige a la gruta y llegando al lugar trepa decididamente hasta el mismo sitio del que sacara la imagen… y ¡Oh prodigio! Allí estaba, tal cual la viera la primera vez. Pero ahora sin flores, ni cirios. No había signo alguno, ni rastros de pisadas humanas que dijeran que alguien hubiera estado allí antes que él.
Apresuradamente la levanta con infinito cuidado, como si fuera algo vivo y muy delicado, la acaricia con sus manos de labriego, besa reverente las manitas juntas y se la lleva gozoso y precavido como cuando se carga un niño pequeño.
Llegado a la población y a la casa, la coloca en su sitio; y día y noche multiplica la vigilancia. Pero todo fue inútil. Varias veces tuvo que viajar a la gruta de Choya a “capturar a la Fugitiva” y traerla de nuevo a su casa, no sin regaños como saben hacerlo los corazones enamorados.

Es que la Virgen del Valle era también Madre de aquellos pobrecitos que le habían ofrendado sus luminarias de amarilla y blanda cera, las fogatas de sus agrios chaguares, junto al dulce amor de sus corazones sencillos, humildes y por eso buenos.

Primer Templo en Honor de la Virgen del Valle

El suceso extraordinario de que la Imagen volvía a su gruta, sin poderse dar explicación satisfactoria de cómo ocurría, comenzó a despertar lógica atención y a reunir gran cantidad de personas en la casa del colono vizcaíno que no solamente oraban, sino preguntaban de continuo sobre lo que estaba ocurriendo.
De este modo, en la humilde casa de Salazar, la modesta imagen de la Virgen comenzó a transformarse en centro obligado de un auténtico culto mariano.
Es lógico pensar que, al ver Salazar y los demás vecinos el auge que iba tomando esta devoción mariana comprendieran perfectamente que debían dar solución al problema del espacio para las reuniones de culto privado que se realizaban ya con frecuencia. A esta Reina y Madre le hacía falta un lugar más amplio y un trono más adecuado al reinado espiritual que comenzaba a extenderse por la región.
Según las declaraciones juradas de diversos testigos, que sabían por tradición transmitida cuidadosamente de generación en generación, se llevó en andas y con gran solemnidad la Virgencita Morena desde la casa del vizcaíno a la flamante capilla que le dedicaba su pueblo.

La Imagen fue luego trasladada a la primera Iglesia Matriz y finalmente a su ubicación actual.
 La imagen

Al describir la Sagrada e Histórica Imagen de la Pura y Limpia Concepción, ya desde 1645, bajo la advocación de Virgen del Valle, nos remitimos a cómo la vio en su tiempo (y que salvo pequeñísimos detalles, se conserva hoy en día) el máximo historiador de Catamarca y de esta portentosa Imagen, el erudito sacerdote lourdista Antonio Larrouy.

La muy venerada estatuita de Nuestra Señora del Valle representa a la Virgen Santísima en el misterio de su Concepción Inmaculada; de pie, la media luna bajo sus plantas, las manos juntas ante el pecho, mirando al cielo sonriente.
En conformidad con una antigua costumbre española, la Imagen fue vestida desde los principios y vestida ha quedado siempre. En la actualidad, encerrada en una vitrina o urna como se dice comúnmente, está envuelta en amplios y lujosos paramentos.

Las vestiduras constan de túnica blanca y largo velo azul. No dejan visible más que el óvalo del rostro y las manos que sobresalen de una hendidura de la túnica y ocultan un conjunto formado por tres piezas distintas: un pedestal de 24 centímetros de alto; una peana de 10 centímetros y la Imagen propiamente dicha que mide 42 centímetros desde la cabeza hasta los pies.

La Imagen Hoy

El visitante que llega hasta su urna se siente cohibido, anonadado. La contempla, vestida con magníficos ropajes. Una rica túnica blanca, habla en Ella de las celestiales esperanzas de las almas que la aman; el bello manto azul recamado de oro y piedras preciosas dice del amor y gratitud de todos sus hijos.
Allí está, con su presencia bendecida homenajeada de continuo por los humildes y también por los grandes de la Patria y fuera de ella. Se la ve, sólo descubierto el rostro y con las manitas juntas, y es para nosotros Nuestra Madre.

Coronación de la Imagen

Pío IX impuso las normas y costumbres para que el Capítulo Vaticano pudiera delegar en dignatarios eclesiásticos la facultad de coronar imágenes de la Santísima Virgen, que por su antigüedad y culto u origen maravilloso, junto a hechos extraordinarios y repetidos, hubieran dado fama a sus Santuarios.
Por decreto Vaticano de 1889 se concede la coronación de la Imagen de la Virgen del Valle de Catamarca en virtud de los innumerables prodigios que realizó en toda la región del noroeste argentino.

Prodigios que Dios Nuestro Señor obró por intercesión de la Virgen del Valle

A continuación se narran algunos de los innumerables milagros que Dios obrara por intercesión poderosa y maternal de la Virgen del Valle, desde hace cuatro centurias, a favor de los hijos de este Valle y de muchos kilómetros a la redonda.
Cual se revivieran con intenso colorido los pasajes bíblicos, aquí también junto a la Imagen de Nuestra Reina y Señora del Valle, muchos ciegos vieron la luz –porque creyeron o se curaron- muchos tullidos y enfermos de nuevo gozaron de la salud de sus cuerpos o paz en sus espíritus. Y hasta resurrecciones y hechos de relieve verdaderamente maravillosos llenaron los valles y las montañas con sus ecos de júbilo y santo regocijo.

Resucita al niño Juan Alonso Moreno Gordillo

Ocho, muy calificados testigos declararon bajo juramento, lo que sabían de dos casos extraordinarios.

Don Ignacio Moreno Gordillo, conocido y respetado vecino de Santa Cruz (actual distrito del mismo nombre en el Departamento de Valle Viejo) vivía en sus posesiones rodeado de cierto bienestar, pero sumamente afligido pues de sus dos hijos había perdido uno y he aquí que un día se enferma gravemente el segundo. Don Ignacio y sus vecinos ponen gran empeño y atención en buscar medicamentos y proporcionarle cuidados; mas, todo viene a ser inútil pues el niño falleció poco después. Sus padres, abrumados por la desgracia cargaron con el cuerpo del pequeño y emprendieron rumbo a la ciudad del Valle para depositarlo a los pies de la Virgen con la confianza de que ella intercedería para volverlo a la vida… debía resucitar.

Mientras caminaban hicieron la formal promesa de que si vivía lo consagrarían a su exclusivo servicio como sacerdote y capellán del Santuario.
Llegan por fin a la ciudad cansados y llenos de polvo; el cuerpo del pequeño difunto ya estaba endureciéndose.

Al tenerse conocimiento del suceso y el arribo de los dolientes peregrinos, al templo de la Virgen del Valle llegaron también hasta él algunos vecinos. Se les proporciona la forma de llegar hasta los pies de la portentosa Imagen donde depositan el cuerpecillo ya rígido. Y ¡Oh bondad maternal! El cadáver se mueve, se anima, el niño de nuevo vive. Los padres, con el corazón lleno de luz y gozo, sacan vivo a su pequeño; al que llevaran cadáver, en medio de la pública admiración.

Cuando el niño creció sus padres lo enviaron a la Universidad de Córdoba. Estando en aquellos estudios sintió Juan Alonso (así se llamaba el agraciado de la Virgen) cierta inclinación al estado religioso, por lo que pidió permiso a sus padres para ingresar en una Congregación Religiosa; ellos al tener noticias de su determinación, se entristecieron pues se frustraba lo que habían prometido a la Santísima Virgen del Valle: íntegra consagración a su culto y servicio como sacerdote secular. Por lo que demoran algún tiempo en dar su consentimiento y así vino a ocurrir un nuevo prodigio.

Cierto día, el joven estudiante advierte molestias en los ojos; busca curación, pero el mal aumenta y la vista disminuye. Siguen los médicos administrándole medicamentos pero no obstante el mal progresa hasta dejarlo completamente ciego. No obstante el resultado negativo los facultativos no cejan en su intento de volverlo a su estado normal. Pero al fin, el afligido paciente llega a la conclusión de que todo sería inútil. Y lleno de profunda angustia por su inesperada desgracia, piensa en su futuro lleno de sombras… en sus padres… Y recuerda que muchas veces le habían dicho que él estaba consagrado al servicio de Nuestra Señora del Valle. ¿No querría ahora la Buena Madre del Cielo, manifestarle con esto que no era el estado religioso (conventual) lo que convenía sino que debía ordenarse de sacerdote secular y prestar servicios en su iglesia de Catamarca, conforme la promesa de sus padres?
Pide entonces fervorosamente a la Virgen del Valle que lo cure de la ceguera prometiéndole ser su sacerdote y capellán. Y la Santa Madre escuchó piadosa su ruego, como había escuchado a sus piadosos y atribulados progenitores. Pues sin aplicarse después ninguna medicina, recuperó la vista, contra la general opinión anterior de los médicos y su posterior asombrada constatación.
Luego, se ordenó sacerdote libérrimo y gozosamente y mientras cumplía la promesa vino a ser el Presbítero Dr. Juan Alonso Moreno Gordillo, que se desempeñó como Cura Rector propietario de la Iglesia Matriz de Catamarca, cargo que desempeñó hasta morir.

Una Conversión

Estaba un día Don Bernabé Correa y Navarro descansando en su domicilio, cuando recibió inesperadamente la visita de un viejo amigo. Muy a menudo habían tenido acaloradas discusiones porque Don Bernabé era hombre que vivía conforme a la moral cristiana y por el contrario su amigo era muy diferente y se portaba como persona de torcidas costumbres y vida disoluta. Era “vox populi” que tal señor, no creía ni en Dios ni en el diablo y así obraba en consecuencia.
Pero en aquel día que llegaba a la casa y familia del Señor Correa Navarro se lo vio con porte respetuoso y hasta con humildes maneras, se lo notaba cambiado en su manera de ser altiva y orgullosa.

Vengo, Don Bernabé –le dijo preocupado- a contarle algo muy interesante. Usted, que es tan buen hijo de la Virgen del Valle, podrá hacer público en su honor cuanto yo le diga.

Ambos se ubicaron despaciosamente, rodeándoles en un amplio aposento, ese sosiego propio de nuestras antiguas casonas coloniales.
-Cuando se publica algo relacionado con la Madre del Valle –dijo Don Bernabé- se hace con el nombre y apellido del beneficiado.
-En este caso no quisiera que salga a relucir mi pobre persona.
-¿Por qué quiere ocultar su nombre?
-Porque tiene demasiado barro, para mezclarlo con el nombre purísimo de la Santa Virgen
el visitante, mientras gruesas y silenciosas lágrimas rodaban por sus demacradas mejillas. Luego comenzó a narrar en susurro una especie de síntesis de su vida.

Era mi existencia, decía- como una bolsa enorme de vicios y podredumbre. Mi vida, solamente podía tener un lamentable fin: el infierno.
Dios es misericordioso –intervino Don Bernabé- y su Santa Madre la Virgen María, siempre pide por sus hijos más necesitados.
Es sin duda lo que me preservó del infierno –aseguró-, sin duda la intercesión de la Madre Santísima del Valle es la que me da la gracia de estas lágrimas y de este arrepentimiento.

Se acomodó de nuevo en el sillón frailero en que estaba casi relajado y contó: “Llegué un día no sé cómo a conocer la miseria moral en que me hallaba sumergido. Una noche sentí sobre los techos de mi casa un desmedido tropel. No había animal capaz de producirlo semejante. Después de tantos años, pensé que podía haber Dios y que estaría airado por mi conducta. Parecía una legión de demonios bailando sobre los techos alegrándose de antemano por mi ruina. Y esto no ocurrió sólo aquella noche, sino otras muchas que le siguieron. Tanto que aquel fragor y fatídico tropel se repitió innumerables veces sobre mi casa."
El hombre se ponía lívido y nuevamente inquieto al recuerdo de sus desventuras. Don Bernabé, buen amigo, trató de alentarlo con sus buenas razones y el converso continuó: “Decidí ir a la Iglesia Matriz. A pesar de mi mala vida e incredulidad, tenía como una necesidad de ver la portentosa Imagen de la Virgen del Valle, por lo que sorteando toda clase de aprehensiones, fui y allí estuve desde temprano casi toda la tarde. No sabía qué hacer. Pues, había olvidado totalmente las oraciones aprendidas en mi infancia. Me juzgaba indigno de la misericordia de Dios. Oí entonces, sobre el techo de la Matriz, los mismos pavorosos tropeles que me tenían aterrado y mi ánimo se turbó aún más. El demonio –me dije- quiere arrancarme incluso del mismo lugar sagrado en que me encuentro."
Gruesas gotas de transpiración corrían por su rostro ensombrecido al evocar aquellas horas angustiosas.

¿Trató de huir? –interrogó Don Bernabé-.
Verá Usted –respondió: silencioso y desapercibido de todos, medio oculto me quedé allí ya con el templo en completa oscuridad, pese a mi sobresalto. Pero entonces fue cuando comencé a pedir a la Santa Virgen que me ayudara. Estaban dando las campanadas del Ángelus, no había persona alguna en el templo y la Imagen de la Virgen me pareció que había comenzado a iluminarse. Sí. Para mí estaba iluminada. Y en aquel momento penetró en mi espíritu como una luz vivísima que iluminó toda mi vida y pude arrepentirme de todo el mal que había hecho en todos mis días. Una absoluta serenidad se apoderó de mí, de todo mi ser. Parecía que estaba naciendo, que había nacido de nuevo. Y en efecto –concluyó con tono firme y convencido- he nacido a una nueva vida de cristiano verdadero. Al día siguiente hice una gran confesión sacramental con el sacerdote, que sin yo merecerlo, era amigo y más de una vez mi protector.

Vinieron entonces otras personas en busca de Don Bernabé Correa y Navarro y así ambos se pusieron de pie. Mientras el converso se despedía dijo: “La Virgen del Valle mi buen Señor amigo, me devolvió la dignidad de mi vida tornándome al camino del bien.”
La Indiecita Bailarina

Era por el año 1764 cuando ya la fama de los prodigios que se realizaban en Catamarca viajaba por los llanos y las montañas de la provincia y llegaban a distantes provincias argentinas.

De distintos puntos del suelo patrio acudían confiados para expresarle gratitud y pedirle nuevos favores. Sus festividades eran ya grandiosas y los piadosos romeros venidos de lejos como los habitantes de la ciudad del Valle, rivalizaban en los modos de agasajarla. Las expresiones de sus almas sencillas y agradecidas no tenían límites. Desbordaban sus corazones en plegarias y cánticos y hasta se sucedían danzas típicas ante la imagen de la Celestial Señora. De tal modo en la Ciudad del Valle, se evocaban las bíblicas danzas del Rey Poeta frente al Arca de la Alianza en el Antiguo Testamento.

Los indios cristianos eran los más expresivos y animosos en sus manifestaciones de alegría y gratitud.

Por aquel año preparaban para el final de las fiestas a delicadas y sencillas bailarinas para que honraran a la Santa Madre del Valle con sus danzas primitivas.
Iban terminando ya las fiestas, cuando una tarde Don Francisco Mercado y Reinoso, Cura Interino que había sido de los naturales y a la sazón era comisario, recibió la visita de una delegación de indios.

Venían a consultarle diversos problemas relacionados con el final de las fiestas. Le traían a solucionar uno de especial importancia para ellos.
¿Recuerda Su Merced Don Francisco –dijo reverente uno- a la indiecita doncella que tan bien bailaba ante la Virgen el año pasado?
Si –contestó el Cura-. ¿Dónde está? ¿Por qué no viene ahora?
Está tullida de ambas piernas –fue la triste respuesta- no puede moverse y sufre mucho.

El jefe de la delegación explicó entonces que la indiecita, a pesar de encontrarse postrada, pidió insistentemente ir a la procesión, asegurando que podría danzar de alguna manera si la llevaban, porque la Virgen la curaría estando en su presencia. Y que lloraba con desconsuelo y desesperanza cuando le decían que no debía ir, porque así no servía a la Virgen.

La Delegación sólo pedía entonces que Don Francisco Mercado y Reinoso a quien tanto querían y respetaban los indios, enviara un mensaje a la indiecita para que no intentara salir de la casa y se aquietara y sosegara en sus empeños.
Pero el piadoso y comprensivo Don Francisco pensó y dispuso las cosas de otra manera. “¿No ven –dijo con tono paternal y cariñoso- que ese desconsuelo y afán no significan otra cosa que el deseo de ver a la Santa Virgen Nuestra Madre del Valle? Su insistencia es fruto de su devoción y su fe”. Los indios lo miraban atentos y con evidentes gestos de aprobación. “Vístanla ustedes –continuó diciendo el sacerdote- y traten de hacerla llegar a la iglesia.” Y con esas palabras los despachó afectuoso. La Delegación india partió de inmediato con muestras indescriptibles de alegría.
Grande fue el contento de la piadosa indiecita cuando supo la determinación, más aún, la orden de Don Francisco. Pues había dicho: “Vístanla Ustedes…”
Trajeada con ropas de vistosos colores y resplandeciendo el rostro con intensa alegría que los demás no se explicaban, llegó a la Iglesia en brazos de sus familiares. Todos cuanto estaban cerca y podían verla, experimentaban por ella lástima y ternura por lo imposibilitada que se encontraba. Su parálisis era irreversible.

Pero la Madre del Valle, había dispuesto premiar la fe de su bailarina del año anterior y allí mismo se realizó el prodigio.

A pedido de la ex bailarina, la habían dejado en el suelo entre las doncellas danzarinas que debían bailar en honor de la Santa Imagen, ese año.
En medio del asombro de todos, cuando la Madre del Valle salió de su templo en las andas engalanadas, repentinamente la indiecita enferma se puso de pie y comenzó a danzar con gracia y galanura que las otras danzantes no pudieron igualar.
De allí, quedó completamente curada sin volver a sentir desde entonces indicios siquiera del terrible mal.

Testimonios Recientes

La Virgen del Valle protege el Valle de San Fernando
El 23 de Noviembre de 1977, un terremoto destruyó la localidad sanjuanina de Caucete, matando alrededor de 100 personas y destruyendo no menos de diez mil viviendas. Las imágenes del drama sanjuanino además de conmover al país, sensibilizaron a todas las poblaciones del norte donde los movimientos sísmicos se producen con cierta regularidad. Unos meses después en Catamarca se produjo un temblor que sacudió la ciudad, en este hecho nadie salió herido y ni siquiera hubo daños materiales, pero lo misterioso y particular de aquella jornada fue el efecto de un derrumbe en la ladera del cerro Ancasti, el cual mira hacia la Ciudad Capital, en el se podía apreciar con nitidez la Imagen de la Madre del Valle, una silueta inconfundible que se formó con el contraste de la tierra desprendida y la parte que había quedado intacta.
Este fenómeno se trata para los devotos de la imagen más grande que se haya formado de la Virgen Morena y una nueva muestra de su protección y cariño.
Pero veamos una situación más reciente, el terremoto ocurrido en setiembre del año 2004. Durante una jornada que transcurría normalmente en el Valle, comenzó a temblar y crujir la tierra… Se estaba produciendo un terremoto de grado 6.5 en la escala de Richter. La gente salió conmocionada a las calles ya que fue el terremoto más fuerte del que se tenga memoria en muchos años y llegó a sentirse en varias regiones no sísmicas de Argentina como el noroeste y el centro del país. El epicentro fue tan sólo a unos 25 km de la Capital. Las consecuencias podrían haber sido catastróficas, ya que la mayoría de los edificios de la ciudad no tiene estructura antisísmica y son innumerables los viejos edificios de adobe asentados en argamasa de barro. Otra vez, la Virgen Morena con su intercesión prodigiosa protegió a los habitantes del Valle. No hubo que lamentar muertes ni daños materiales importantes.

La Virgen y la Eucaristía

Este es un testimonio narrado por la Sra. Cristina de Navarreta, residente de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca.
Esta es la narración de otro portento realizado por Nuestra Señora del Valle. El Sr. Roque Navarreta, de La Suerte, departamento La Paz de la Provincia de Catamarca es un agricultor sencillo, sin grandes conocimientos librescos. Lleva una vida ordinaria, con la rutina típica de la tranquila Catamarca hasta que un día comenzó a tener problemas de salud, comenzó a orinar sangre. Preocupados por este aviso de su organismo, sus hijos lo llevaron a la ciudad de Córdoba, como es costumbre entre los catamarqueños cuando requieren asistencia médica de cierta complejidad, y con mayor razón aún ya que La Suerte es cercano al límite con esa provincia. Una vez en el Hospital, es sometido a análisis y una operación, de la que resultó un diagnóstico de un virus que le estaba atacando los riñones. Como única alternativa le dijeron que debía someterse a diálisis día por medio con urgencia. Cuando estaban por comenzar con el tratamiento, Roque plantea que se iba a ir “cerca de la Virgencita del Valle, porque sé que Ella me va a sanar”. Tomada esta decisión respaldada con tamaña fe, se trasladó a San Fernando del Valle de Catamarca, a la casa de una prima. Ya en la capital de esta provincia los médicos ordenan una serie de análisis el día martes. La Sra. Cristina de Navarreta (que brinda este testimonio), cuñada de Roque, ex-maestra y directora de escuela, catequista y auxiliar en la Parroquia Nuestro Señor del Milagro en Choya lo invita a participar de la Santa Misa ya que había pedido por la salud de Roque en las intenciones de las misas anteriores. Dado que acepta, ese domingo su hermano lo busca y va al templo del barrio de Choya.

El Milagro Eucarístico

Dado que luego del terremoto que recientemente sacudió Catamarca la estructura del templo quedó insegura, se celebra misa en un aula de una escuela de la zona. Luego de la consagración, el sacerdote Pbro. San Nicolás, realizó la genuflexión y entonces se produjo un hecho portentoso, tan tremendamente sorprendente que tanto el sacerdote como los fieles que asistían a misa en el improvisado templo quedaron sin reacción. De la patena se elevó el Hostión y se colocó en posición vertical, como si una mano invisible lo sostuviese, se estabilizó a la altura del hombro de una persona y se dirigió hacia el corredor central que se había formado por la disposición de las sillas, llegó hasta la tercera o cuarta fila, giró, se dirigió hacia dónde estaba Roque por atrás de él, pasó por su costado y luego descendió hasta su pie derecho. En ese momento, Roque sintió que lo tocaron. Su hermano atinó a levantar el Hostión y se lo acercó al sacerdote. A pesar de que la Forma había sido partida en el momento de la consagración, los asistentes la vieron completa mientras se desplazaba por el aire. Terminada la misa, lo acercaron al sacerdote, quien lo bendijo en modo especial, ya que sabía que se trataba de la persona por quien se pedía en misas anteriores.

La sanación del cuerpo

Ese martes de octubre se retiraron los análisis, y el médico pudo constatarÂ… que no tenía rastros de la colonia de virus en su organismo. Roque se fue recuperando de los efectos de la enfermedad paulatinamente y al día de hoy está completamente curado.
Para refrendar las bondades de la Intercesión de Nuestra Madre del Valle, transcribo la oración que identifica a la parroquia de Nuestro Señor del Milagro:

Oración del Señor del Milagro

OH! Mi Divino Jesucristo que habéis elegido la morada de Choya,
vecindad sagrada de la gruta en que apareció la Imagen de la Virgen del Valle, Nuestra excelsa Madre,
como para reforzar y asegurar a tus fieles devotos los esplendores de vuestras gracias,
escuchad desde esa Santa Cruz, en que os encontráis pendiente, nuestros ruegos,
en los que te pedimos la salvación de nuestras almas y la salud de nuestro cuerpo.
Amén.
Acto de Consagración a nuestra Señora del Valle

Postrado humildemente a tus pies,
¡Oh Virgen Santísima del Valle!
vengo, a pesar de mi indignidad,
a elegirte por Madre, abogada y protectora,
ante Jesús, tu Hijo divino,
para amarte, honrarte y servirte fielmente
todos los días de mi vida.
Alcánzame de Jesús
un vivo horror al pecado;
la gracia de vivir y morir
en la fe más viva,
en la esperanza más firme,
en la caridad más ardiente y generosa.
¡Oh Virgen del Valle!
Dame el consuelo
de que en la hora de mi muerte,
entregue mi alma en tus manos,
y sea conducido por ti
a la gloriosa inmortalidad.
Amén




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